
LA ROSA BLANCA
Junto a la pared reencalada de la sencilla casa de María, trepaba un rosal, que se negaba a dejar de saludarla con sus florecillas incluso en el más crudo invierno.
Jesús niño: -Mamá, ¡qué suerte tienes! Nuestro rosal siempre tiene rosas.
María: -Claro, cariño. Es un regalo de Dios. Como ya eres mayor... te voy a contar su historia.
-"¡A Ti gloria y alabanza por los siglos!"
-"¡El sol que gobierna el día!"
-¡María, tienes mucha suerte! Dios me manda a decirte que te ama más que a todo lo que ha salido de sus manos.
-Vas a ser Madre, pero Madre de DIOS, porque quiere quedarse entre vosotros. Quiere que tú le ayudes a crecer, que le des de tu comida, que le tapes por las noches cuando se quede dormido, que le calmes el llanto cuando sienta miedo, que le lleves de tu mano... y le cantes una nana para mecerlo... que le laves sus manitas...
-¡No temas, María! ¡Verás como puedes! Y para recordarte que Dios es fiel a su palabra, el rosal que cuidas con tanto esmero, no dejará de echar rosas blancas ni en invierno.
Y María, agachándose hasta llegar a la altura de sus ojitos, sonriéndole con su gran dulzura, y en voz muy baja y al oído, le contestó:
-¡Igual que las rosas blancas que te están mirando!
(Adaptación de ROSA BLANCA, "CUENTOS DE LA VIRGEN MARÍA. La ternura narrativa de María" de Jaime de Peñaranda Algar, s.j. Editorial CCS)



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